El dinero
El dinero Pero la respuesta fue también negativa. Como el liquidador había salido, tres empleados leían el periódico y otros dos estaban ociosos. En tanto, la entrada de Gustavo Sédille interesó vivamente al menudo Flory, que por la mañana redactaba escritos canjeando compromisos, y por la tarde, en la Bolsa, se encargaba de los telegramas. Nacido en Saintes, donde su padre estaba empleado en el registro, fue primero funcionario de un banco en Bordeaux y luego pasó a París, a casa de Mazaud, a fines del último otoño, sin otra esperanza que doblar, tal vez, su sueldo al cabo de diez años. Hasta entonces se había comportado regular y concienzudamente, pero desde hacía un mes, al entrar Gustavo en la casa, se desquiciaba, arrastrado por su nuevo compañero, tan elegante, tan audaz y provisto de dinero, que le había relacionado con algunas mujeres. Flory, tras su espesa barba, tenía un perfil apasionado, una boca amable y cierta ternura en la mirada, y celebraba pequeñas fiestas, poco costosas, con Chuchu, una artista de las Varietés criada en la penuria del arroyo parisiense, escapada de casa de su madre, una portera de Montmartre; la muchacha resultaba atractiva, con su pálido rostro donde brillaban unos hermosos ojos negros.
Sin quitarse siquiera el sombrero, Gustavo le contó sus experiencias de la noche anterior.