El dinero
El dinero En aquel momento, entró en el gabinete Berthier, el apoderado, para murmurar unas palabras al oÃdo del agente. Era la baronesa Sandorff, que habÃa acudido a pagar sus diferencias y recurrÃa a toda clase de embrollos para reducir su cuenta. Normalmente, Mazaud se apresuraba a recibir personalmente a la baronesa; pero, cuando habÃa perdido, la evitaba como a la peste, seguro de un asalto demasiado violento a su galanterÃa. No habÃa peores clientes que las mujeres, ni habÃa otros de mayor mala fe, cuando se trataba de pagar.
—No, no, diga que no estoy —respondió de buen humor—. Y no la rebaje ni un céntimo, ¿me comprende?
Cuando salió Berthier, advirtiendo la sonrisa de Saccard, prosiguió:
—Es cierto que es muy linda, amigo mÃo, pero usted no tiene idea de su rapacidad… ¡Ah, cómo nos querrÃan los clientes, si ganasen siempre! Y cuanto más ricos y más distinguidos son, ¡que Dios me perdone!, más desconfÃo de ellos y mayor es mi temor de que no me paguen… SÃ, hay dÃas en que, fuera de las grandes firmas, preferirÃa no tener más que una clientela de provincianos.
Volvióse a abrir la puerta y un empleado le entregó un expediente que habÃa pedido por la mañana, saliendo en seguida.