El dinero
El dinero Saccard, que le observaba, se maravilló viéndole tomar la leche a pequeños sorbos, haciendo tales esfuerzos que inducía a pensar que nunca llegaría a terminarla. Estaba sometido a un régimen de leche, sin que pudiese probar siquiera la carne y los pasteles. ¿De qué le serviría poseer mil millones? Nunca le habían tentado las mujeres y durante cuarenta años permaneció estrictamente fiel a su esposa; ahora su buen comportamiento era forzado e irrevocablemente definitivo. ¿A qué, pues, levantarse a las cinco de la mañana, trabajar en aquel odioso oficio hasta agotar sus fuerzas y llevar una vida de galeote que el mendigo más haraposo habría rechazado, con la cabeza atiborrada de cifras y a punto de estallar con tantas preocupaciones? ¿Para qué añadir más oro a tanto oro inútil, que no le permitía comprar en la calle unas cerezas para comerlas, llevar de paseo a una muchacha de vida alegre, ni gozar de cuanto se vende, del ocio y de la libertad? Y Saccard que en su terrible ambición amaba desinteresadamente el dinero por el poderío que proporciona, se sentía presa de un supersticioso temor, al ver ante sí aquel personaje, que no encarnaba al clásico avaro atesorando siempre más y más, sino, más bien, al trabajador impecable exento de necesidades materiales, retraído en su doliente vejez, que seguía edificando obstinadamente su torre de millones, con el único deseo de legarla a los suyos, para que éstos la ampliasen a su vez, hasta llegar a dominar el mundo.