El dinero

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Saccard saltó a su coche, dando la dirección de la calle Saint-Lazare. Sonaba la una y, con el día por perdido, volvió a su casa para almorzar, fuera de sí. ¡Maldito puerco judío! ¡Con qué gusto le habría triturado, como un perro que destroza un hueso con sus dientes! Cierto que era un bocado demasiado grande para su boca, pero nadie podía adivinar… Los más grandes imperios se derrumbaron, y siempre hay un momento en que sucumben los poderosos. No, no quería destruirle; pretendía más bien atacarle, arrancándole jirones de aquel millar de millones, y luego le devoraría. Sí, ¿por qué no había de destruir en su indiscutido rey a aquellos judíos que se creían dueños de todo? Y aquellas reflexiones, unidas al furor que se había despertado en él junto a Gundermann, infundían a Saccard un impetuoso celo y un ansia de triunfos inmediatos en los negocios. Habría querido edificar con un gesto su casa de banca, haciéndola funcionar y aplastando victorioso las casas rivales. Bruscamente, volvió a él el recuerdo de Daigremont, y, sin pararse a pensarlo, bajo un impulso irresistible, se inclinó para gritarle al cochero que subiese por la calle La Rochefoucauld. Si quería ver a Daigremont, había que darse prisa, aplazando el almuerzo, pues sabía que éste marchaba hacia la una. Aquel cristiano valía, sin duda, por dos judíos, aunque pasaba por un ogro devorador de los nuevos negocios que colocaban bajo su custodia. Pero, en aquellos momentos, Saccard habría tratado con el mismo diablo para llevar a cabo la conquista, aunque fuese a condición de repartir beneficios. Más adelante, ya verían como era el más fuerte.


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