El dinero

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A todo esto, el coche, que subía penosamente por la empinada calle, se detuvo ante la gran puerta de uno de los últimos hoteles del barrio, que contaba con algunos muy hermosos. El cuerpo del edificio, al fondo de un amplio patio pavimentado, tenía aspecto de regia grandeza, y el jardín que lo seguía, con sus árboles centenarios, semejaba un verdadero parque, aislado de las calles populosas. Todo París conocía aquel hotel por sus soberbias fiestas, así como por la admirable colección de cuadros que encerraba, que los grandes duques, en sus viajes, no dejaban de visitar. Casado con una mujer tan famosa por su belleza como sus cuadros, y que obtenía grandes triunfos como cantante, Daigremont llevaba una vida principesca, siendo tan célebre por sus caballos de carrera como por sus pinturas; pertenecía a uno de los clubs más importantes, alardeaba de las mujeres más costosas, y tenía palco en la Ópera, asiento en el hotel Drouot y mesa reservada en los lugares equívocos de moda. Y todo aquel dispendio, así como la apoteosis del fulgurante lujo de arte y caprichos, se pagaba sólo con la especulación, con el incesante movimiento de una fortuna infinita como el mar, aunque sujeta, como éste, a los flujos y reflujos de liquidaciones quincenales de doscientos y trescientos mil francos.




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