El dinero
El dinero —Bien; consiento en adherirme. Pero con una sola condición… ¿Cómo está usted con su hermano, el ministro?
Saccard, sorprendido, tuvo la franqueza de demostrar su amargura.
—¿Con mi hermano?… Bueno, él hace sus negocios y yo hago los mÃos. No se siente demasiado fraternal, mi hermano.
—Malo, entonces —declaró claramente Daigremont—. No compartiré sus riesgos más que si su hermano también los comparte… Compréndalo, no quiero que estén enfadados.
Con un gesto de colérica impaciencia, Saccard protestó. ¿Acaso tenÃan necesidad de Rougon? ¿No serÃa aquello como ir en busca de unas cadenas para atarse de pies y manos? Pero, al mismo tiempo, la voz de la prudencia, más fuerte que su irritación, le decÃa que, por lo menos, habÃa que asegurarse su neutralidad. Sin embargo, rechazó la idea bruscamente.
—¡No, no! Siempre se ha portado en forma sucia conmigo. Jamás daré el primer paso.