El dinero

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Saccard encontró a la puerta el coche, que le estaba esperando, pese a que no tenía más que bajar hasta el extremo de la calle para hallarse en su casa. Así pues, lo despidió, contando con que por la tarde podría hacer enganchar el suyo, y regresó rápidamente, para almorzar. Ya no le esperaban y la propia cocinera tuvo que servirle un poco de carne fría, que comió con avidez, mientras discutía con el cochero, que subió para informarle de que el veterinario aconsejaba que el caballo descansara tres o cuatro días. Con la boca llena, Saccard le acusó de cuidar mal del bruto, añadiendo amenazador que la señora Carolina pondría orden en todo aquello. Finalmente, le dijo que, por lo menos, fuese a buscarle un coche de alquiler. De nuevo un tremendo chaparrón barría la calle por lo que tuvo que esperar un cuarto de hora la llegada del coche, al que subió bajo un verdadero diluvio, gritando al cochero:

—¡Al Cuerpo legislativo!

Su idea era llegar antes de que empezase la sesión, para coger a Huret al paso y poder hablarle tranquilamente. Por desgracia, aquella tarde se temía un apasionado debate pues un miembro de la izquierda había de plantear la eterna cuestión de Méjico, y era probable que Rougon se viese obligado a responderle.


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