El dinero

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Al entrar en la sala de pasos perdidos, Saccard tuvo la fortuna de tropezar con el diputado, al que arrastró hasta el fondo de uno de los saloncitos vecinos, donde se hallaron solos merced a la gran emoción que imperaba en los pasillos. La oposición se hacía cada vez más temible y empezaban a soplar vientos adversos que podían arreciar destruyéndolo todo. Ello fue causa de que Huret, preocupado, no comprendiera al principio, haciendo preciso que le repitieran otra vez la misión de que le encargaban. Su pavor fue entonces en aumento.

—¡No, no! ¡No puedo hacerlo!… Ya le transmití la voluntad de su hermano; no puedo, ahora, ir a importunarle otra vez. ¡Caramba, piense usted en mí! Ya sabe que cuando le molestan no tiene nada de manso, y, ¡qué diablo!, yo no tengo necesidad de dar la cara por usted, arriesgando mi crédito.








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