El dinero
El dinero Saccard, comprendiéndole, trató solamente de convencerle de los millones que podían ganarse con el lanzamiento de la Banca universal. A grandes rasgos, con su ardoroso verbo que transformaba un negocio en un poético cuento, le habló de soberbias empresas y del seguro y colosal triunfo. Daigremont, entusiasmado, se había puesto al frente del sindicato, mientras Bohain y Sédille habían solicitado ya su ingreso. Era imposible que él, Huret, se abstuviera; aquellos señores querían a todo trance que estuviese con ellos, a causa de su elevada posición política. Esperaban incluso que consintiera en formar parte del consejo de administración, porque su nombre era una garantía de orden e integridad.
Ante la promesa de ser nombrado miembro del consejo, el diputado miró a Saccard fijamente.
—En resumen, ¿qué desea de mí? ¿Qué respuesta desea que obtenga de Rougon?
—¡Dios mío! —replicó su interlocutor—. Yo habría prescindido gustoso de mi hermano. Pero Daigremont exige que me reconcilie con él. Es posible que tenga razón… Así pues, creo que debe hablar simplemente de nuestro negocio a ese hombre terrible, logrando, si no que nos ayude, por lo menos que no esté contra nosotros.
Huret, con los ojos entornados, no acababa de decidirse.