El dinero

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—Bien, si consigue una frase amable, sólo una frase amable, Daigremont se dará por satisfecho, y esta tarde zanjaremos la cosa entre los tres.

—Bueno, voy a intentarlo —dijo bruscamente el diputado, afectando una extremada sinceridad—, pero es preciso que actúe en su nombre, porque no resulta fácil de tratar, sobre todo cuando le importuna la izquierda… Hasta las cinco.

—¡Hasta las cinco!

Saccard aún se quedó allí por espacio de una hora, intranquilo por los rumores de lucha que circulaban. Pudo oír a uno de los grandes oradores de la oposición anunciando que tomaría la palabra. En tales circunstancias, sintió, por un momento, deseos de ir al encuentro de Huret para preguntarle si no sería oportuno aplazar hasta el día siguiente la entrevista con Rougon. Luego, creyendo en la suerte como buen fatalista, temió comprometerlo todo si cambiaba el curso de los acontecimientos. Acaso su hermano, en medio de aquel trastorno, resultara más fácil de convencer. Deseoso, pues, de que las cosas siguieran su marcha, montó de nuevo en el coche, que pasaba ya por el puente de la Concorde, cuando se acordó del encargo que le había hecho Daigremont.

—¡Cochero, a la calle Babylone!


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