El dinero
El dinero Allí era donde vivía el marqués de Bohain, ocupando las antiguas dependencias de un gran hotel, un pabellón que había albergado al personal de las caballerizas, transformado después en una confortable casa moderna. La lujosa instalación tenía cierto aire de aristocracia galante. Por lo demás, nunca se dejaba ver su esposa, retenida en sus habitaciones por las enfermedades, según se decía. Sin embargo, la casa y los muebles eran de ella, sin que el marqués poseyera más que sus efectos personales, que podían encerrarse en un baúl, ya que, desde que vivía del juego, convinieron la separación de bienes. Ya se había negado rotundamente a pagar sus diferencias en dos desastres, y el síndico, en vista de la situación, no se tomó siquiera la molestia de gastar en él papel timbrado. Borrón y cuenta nueva; el marqués se embolsaba cuanto ganaba, y, cuando perdía, no pagaba. Lo sabían todos y lo tomaban con resignación. Tenía un nombre ilustre y era extremadamente decorativo en los consejos de administración, de modo que las compañías de nuevo cuño, ansiosas de oropel, se lo disputaban, sin que nunca permaneciera ocioso. Tenía en la Bolsa su silla por la parte de la calle Notre-Dame-des-Victoires, que era el espacio reservado a la gran especulación, que afectaba desinterés por los menudos rumores cotidianos. Se le respetaba y le consultaban frecuentemente, influyendo a menudo en la marcha del mercado. En resumen, era todo un personaje.