El dinero

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Saccard, que le conocía bastante bien, quedó a pesar de todo impresionado por la cortesía de la recepción de aquel pulido anciano de sesenta años, de menuda cabeza descansando sobre el cuerpo de un coloso y macilento rostro, encuadrado por una peluca oscura correctamente dispuesta.

—Señor marqués, vengo a pedirle un favor…

Y explicó el motivo de su visita, aunque sin entrar en los detalles. Pero, a las primeras palabras, el marqués le interrumpió.

—No, no; todo mi tiempo está ocupado; tengo, en estos momentos, diez proposiciones que habré de rehusar.

Después, cuando Saccard, sonriendo, añadió:

—Me envía Daigremont, que se ha acordado de usted.

Dijo al momento:

—¡Ah, cuenta usted con Daigremont!… ¡Vaya, vaya! Si Daigremont está interesado, yo también lo estoy. ¡Cuente usted conmigo!

Al querer informarle Saccard de algunas características, para que supiera la clase de negocio en que iba a entrar, le cerró la boca con la amable desenvoltura del gran señor que no precisa descender a tales detalles y tiene una natural confianza en la integridad de la gente.


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