El dinero
El dinero Se separaban ya dándose cita para el día siguiente, a la que debía asistir el ingeniero Hamelin, cuando Daigremont se golpeó súbito la frente con gesto de desesperación.
—¡Vaya!, ¡pues me olvidaba de Kolb! ¡Oh!, sé que nunca me lo perdonaría; precisa que contemos con él… Mi querido Saccard, si fuera usted tan amable, ¿por qué no se acerca a su casa en un momento? No son las seis y aún le encontrará… Sí, usted mismo, y no le deje para mañana; vaya esta tarde, estoy convencido de que le complacerá y desde luego puede sernos útil.