El dinero

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Dócilmente se puso Saccard en camino sabiendo como sabía que las jornadas de suerte no suelen repetirse. Pero él había despedido otra vez el coche, esperando regresar a pie a su casa, que estaba a dos pasos; y, pareciendo que la lluvia llevaba trazas de acabar, bajó a pie, contento de sentir bajo sus talones aquel adoquinado de París, que estaba en trance de reconquistar. Yendo por la calle de Montmartre, algunas gotas de agua le hicieron enfilar por los pasajes. Se dirigió, pues, por el pasaje Verdeau y por el de Jouffroy; luego en el pasaje de los Panoramas, como siguiera una galería lateral para acortar y torcer por la calle Vivienne, se sorprendió al ver salir de un pasillo oscuro a Gustavo Sédille, que desapareció en seguida sin haberse vuelto. Detúvose Saccard mientras contemplaba la casa, una discreta casa de citas, cuando, de repente y en una mujercita rubia, cubierta con velo, que salía a su vez, reconoció sin lugar a dudas a la señora Conin, la hermosa vendedora de papel. Allí era por lo visto, donde, cuando experimentaba un arranque de ternura, conducía a sus amantes de ocasión, mientras el buenazo de su marido la creía ocupada en cobrar facturas. Aquel rincón de misterio, en el centro mismo del barrio, estaba sin duda muy lindante elegido, y sólo el azar acababa de descubrir el secreto. Sonreía Saccard con gran regocijo, envidiando a Gustavo: Germaine Coeur, por la mañana, la señora Conin, por la tarde, ¡lo que es aquel joven no carecía de nada! Y por dos veces, miró aún hacia la puerta, para estar seguro de reconocerla, tentado también él de seguir igual ruta.


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