El dinero
El dinero Estando en la calle Vivienne, y el momento en que entraba en casa de Kolb, estremecióse Saccard y se detuvo de nuevo. Una música ligera, cristalina, que salía del suelo, semejante a la voz de las legendarias hadas, envolvía su persona; y reconoció a la música del oro, a la continua sonería de aquel barrio del negocio y de la especulación, oída ya por la mañana. El final de la jornada venía así a enlazarse con el principio. Y su ánimo se dilató con la caricia de aquella voz, como si le confirmase el buen presagio.