El dinero
El dinero Justo en aquel momento, Kolb se encontraba abajo, en el taller de fundición; y, como amigo de la casa, Saccard bajó a buscarle. En el desnudo sótano, eternamente iluminado por amplias llamas de gas, los dos fundidores dedicábanse a vaciar con pala las cajas forradas de cinc, llenas aquel día de monedas españolas, que echaban en el crisol, sobre el espacioso horno cuadrado. El calor apretaba, era preciso hablar en voz fuerte para entenderse, en medio de aquella sonería de armónica, vibrando bajo la achatada bóveda. Lingotes fundidos, adoquines de oro, con el vivo resplandor del metal nuevo, alineábanse a lo largo de la mesa del químico ensayador, que señalaba en ellos su respectiva ley. Y, desde primera hora de la mañana, más de seis millones habían pasado por allí, asegurando al banquero un beneficio de apenas tres o cuatrocientos francos, ya que, el arbitraje sobre el oro, esa diferencia realizada entre dos cotizaciones, por ser de las más insignificantes y apreciarse por milésimas, no podía proporcionar una ganancia apreciable más que tratándose de grandes cantidades de metal fundido. De ahí, ese tintinear, aquel chorreo de oro, desde por la mañana hasta por la noche, desde el comienzo hasta el final del año, en el fondo de ese sótano, adonde el oro llegaba en monedas y salía en lingotes, para volver a entrar en monedas y partir en lingotes, indefinidamente, con el único objeto de dejar en las manos del traficante algunas partículas de oro.