El dinero
El dinero En cuanto Kolb, un hombre menudo, muy moreno, cuya nariz en forma de pico de águila, resaltando sobre una poblada barba, revelaba su origen judÃo, hubo comprendido el alcance de la oferta de Saccard, a quien el oro cubrÃa con ruido de granizada, se apresuró a aceptarla.
—¡Perfecto! —exclamó—. ContentÃsimo con formar parte, si Daigremont también figura. Y, ¡gracias a usted por haberse molestado!
Pero como apenas si se entendÃan, acabaron por callarse y aún permanecieron allà unos instantes, aturdidos, anonadados en aquel continuo repique, tan claro y exasperante al propio tiempo, que lograba conmover todo su ser, como una nota musical demasiado alta sostenida indefinidamente en los violines, hasta el espasmo.
Una vez fuera, y a pesar de haber vuelto el buen tiempo, una noche despejada del mes de mayo, Saccard, rendido por el cansancio, tomó de nuevo un simón para regresar a su casa. ¡Una dura jornada, pero bien henchida!