El dinero
El dinero —Pues bien, sin la especulación, no habrÃa negocio posible, mi querida amiga… ¿Para qué diablos quiere usted que suelte yo mi dinero, que arriesgue mi fortuna, si no me promete, a tÃtulo de compensación, un goce extraordinario, una dicha repentina que me abra el cielo?… Con la remuneración legÃtima y mediocre del trabajo, el discreto equilibrio de las transacciones cotidianas, la existencia sólo resulta un desierto, una marisma en donde todas las fuerzas duermen y se corrompen; mientras que, en forma violenta, haga arder un sueño en el horizonte, prometa que con un sueldo podrán ser ganados cien, ofrezca usted a todas esas gentes adormecidas que se dispongan a la caza de lo imposible, de millones que pueden ser conquistados en dos horas, soportando los más espantosos riesgos; y en ese momento comienza la carrera, las energÃas se decuplican, llegando a ser tal el atropellamiento, que, aún sudorosas por su propio gusto y a la zaga tan sólo del placer, las gentes llegan a veces a fabricar criaturas, quiero decir cosas vivientes, grandes y bellas… ¡Ah!, ¡qué caramba!, muchas son desde luego las porquerÃas inútiles que llegan a realizarse, pero, tenga por seguro que sin ellas acabarÃa el mundo.
Carolina por su parte, se habÃa puesto a reÃr también, ya que nada tenÃa de mojigata.