El dinero

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Jamás Saccard, en su tumultuosa vida, había llegado a desplegar tanta actividad. Por la mañana, desde las siete, antes que todos los empleados, incluso antes de que el mozo de las oficinas hubiera encendido su fuego, se hallaba él en su gabinete, para despachar el correo y responder de inmediato a las cartas más apremiantes. Luego, hasta que sonaban las once, aquello se convertía en un interminable galope del que formaban parte amigos y clientes de categoría, los agentes de cambio, los corredores, toda esa multitud en fin de las finanzas; sin contar, naturalmente, con el desfile de los jefes de servicio de la casa, que se acercaban a recibir órdenes. Él mismo, en cuanto tenía un minuto de respiro, se apresuraba a levantarse para hacer una rápida inspección en los distintos despachos, en donde los empleados vivían en sobresalto ante el terror de aquellas apariciones bruscas, que se producían a horas siempre diferentes. A las once, subía a almorzar con la señora Carolina, comía abundantemente, y bebía lo mismo, con el desahogo propio del hombre enjuto, sin que nada le sentara mal; y la hora completa que allí empleaba tampoco podía considerarse perdida, pues aquél era el momento en que, como él mismo decía, confesaba a su hermosa amiga, es decir en que le pedía su opinión sobre personas y cosas, aun a riesgo de no saber aprovechar muchas veces su gran prudencia y discreción. Salía a mediodía, iba a la Bolsa, queriendo ser siempre uno de los primeros en llegar para ver y charlar. Por lo demás, ya no jugaba abiertamente, dando el pecho, se encontraba allí como si acudiera a una cita de lo más natural y obligada, con la seguridad de hallar a los clientes de su banco. Ello no obstante, su influencia ya se dejaba sentir, había vuelto a entrar como triunfador, a título de hombre sólido, que contaba a aquellas alturas con el respaldo de auténticos e insoslayables millones; y los más maliciosos se ponían a hablar en voz baja mientras le observaban, cuchicheaban extraordinarios rumores, prediciéndole la soberanía. Hacia las tres y media siempre estaba de vuelta, y se entregaba por entero a la fastidiosa tarea de poner firmas, entrenado de tal forma en aquel mecánico deslizamiento de la mano, que seguía dando órdenes a los empleados, respondía a las preguntas que pudieran hacerle, arreglaba asuntos, la cabeza siempre libre y hablando con soltura, sin dejar de firmar en ningún momento. Hasta las seis, aún recibía visitas, terminaba el trabajo del día y preparaba el del siguiente. Y cuando subía para reunirse de nuevo con la señora Carolina, era para despachar una comida más copiosa que la de las once, pescados selectos y caza, sobre todo, completados caprichosamente con vinos de distintas calidades, Borgoña, Burdeos o Champán, según el feliz resultado de la jornada.


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