El dinero

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Las semanas que siguieron, la señora Carolina vivió sumida en una gran turbación moral. Ya no tenía respecto de Saccard un concepto limpio. La historia del nacimiento y del abandono de Víctor, aquella triste Rosalía poseída sobre un peldaño de escalera, y de un modo tan violento que había quedado lisiada, aquellos pagarés firmados e impagados, así como el desdichado niño sin padre crecido en el fango; todo ese lamentable pasado causaba náuseas en su corazón. Procuraba apartar de su mente las imágenes de ese pasado, como tampoco había querido provocar las indiscreciones de Máximo: debían existir allí, seguramente, taras antiguas que, por su horror, le hubiera causado profunda pena conocer. A renglón seguido, aquella mujer sumida en sollozos, juntando las manos de su hijita y haciéndole rezar por aquel hombre, venía a constituir una faceta distinta; tratábase entonces del Saccard adorado como el Dios de bondad, auténticamente bueno, verdadero salvador de almas con su apasionada actividad de hombre de muchos negocios, que conseguía alcanzar la cumbre de la virtud, cuando la tarea era hermosa. Y así llegó ella al extremo de no querer juzgarle, razonando en sí misma, para tranquilizar su conciencia de mujer docta, que ha leído y reflexionado mucho, que, como ocurre con todos los hombres, se simultaneaban en él lo peor y lo mejor.



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