El dinero
El dinero Acababa de experimentar, sin embargo, como un sordo despertar de vergüenza, ante la idea de haberle pertenecido. Semejante consideración seguÃa teniéndola estupefacta, y trataba de tranquilizarse jurándose a sà misma que todo aquello habÃa concluido; que tal sorpresa vivida en un momento dado, no podÃa volver a empezar. Y transcurrieron tres meses, durante los cuales, iba a ver a VÃctor dos veces por semana; y, una noche sin saber cómo se encontró de nuevo en brazos de Saccard, en plan de entrega definitiva y dejando que se establecieran entre ellos relaciones regulares. ¿Cómo explicarse su reacción? ¿HabrÃa obedecido, como las otras, a un impulso de curiosidad?, aquellos amores de antaño cuyo cieno removiera ella misma, ¿habrÃan motivado acaso el sensual deseo de saber? SÃ, indudablemente no debÃa haber en todo ello más que una perversión sentimental, o acaso el niño habrÃa servido de lazo, de aproximación fatal entre él, el padre, y ella, la madre del hallazgo y de adopción. En su profunda pesadumbre de mujer estéril, aquello la habÃa enternecido hasta el desastre de su voluntad, la circunstancia de haberse ocupado del hijo de este hombre en medio de tan punzante circunstancia. Cada vez que volvÃa a ver al chiquillo, se entregaba más aún, y en el fondo de su abandono existÃa indudablemente un instinto de maternidad. Era, por lo demás, mujer de claro buen sentido, que sabÃa aceptar los hechos de la vida, sin martirizar su cerebro tratando de explicarse las mil causas complejas que pudieran motivar los mismos. Para ella, en ese devaneo entre el corazón y el cerebro, en aquel análisis refinado de conductas y procederes, no cabÃa apreciar otra cosa que la simple distracción de mundanas desocupadas, sin casa que gobernar, sin hijos a los que amar, de intelectuales de ocasión que buscan excusas para sus caÃdas, e intentan disfrazar con su ciencia del alma los apetitos de la carne, comunes por otra parte a las duquesas y a las criadas de mesón. Ella, de una erudición demasiado amplia quizás, que habÃa perdido otrora su tiempo, quemando etapas por tratar de conocer el mundo en toda su vasta extensión y tomando parte en disputas de filósofos, se sentÃa de vuelta de todo ello, contemplaba con enorme desdén esos recreos psicológicos, que tienden a reemplazar el piano y la tapicerÃa, y de los que ella misma decÃa, riéndose, que han corrompido más mujeres que las que puedan haber llegado a enmendar. Por eso, los dÃas en que se producÃan huecos en su fuero interno, en que notaba como una fractura de su libre arbitrio, preferÃa tener el valor de aceptar el hecho, después de haberlo constatado; y contaba en todo momento con el trabajo de la vida, para borrar la tara y reparar el mal, lo mismo que la savia cierra siempre el corte de una encina, mediante rehacer la madera y la corteza. Si se daba el caso de que ahora perteneciera a Saccard sin haberlo querido asÃ, sin estar segura de amarle, trataba de compensar en su mente semejante desliz, viendo de juzgarle como no indigno de ella, seducida por sus cualidades de hombre de acción, por su energÃa y su afán de triunfo, estimándole bueno y útil para los demás. Su primera reacción de vergüenza habÃase esfumado, barrida por ese deseo propio que normalmente se tiene y que le impulsa a uno a purificar sus faltas; y nada podÃa en efecto concebirse como más natural y tranquilo que sus ilÃcitas relaciones: unos lazos de simple razón o conveniencia, él dichoso con tenerla allÃ, por la noche, cuando no salÃa; ella casi maternal de una afectuosidad sosegada, con su viva inteligencia y su rectitud. Y significaba realmente, para aquel pirata de las calles de ParÃs, quemado y curtido en todas las acechanzas financieras, una suerte inmerecida, una recompensa robada como todo lo demás, tener a su lado aquella adorable mujer, tan joven y tan sana a sus treinta y seis años, bajo la nieve de su espesa cabellera blanca, con un sentido lógico tan firme, de una discreción tan humana, en su fe respecto de la vida, tal y como la misma es, a pesar del barro que el torrente arrastra.