El dinero
El dinero Pasaron meses, y es preciso decir que la señora Carolina, encontró a Saccard muy enérgico y muy prudente, durante todos esos penosos primeros pasos del Banco universal. Sus sospechas de tráficos turbios, sus temores de que llegara a comprometerles, a ella y a su hermano, se disiparon casi por entero al verle luchar sin descanso con las dificultades, gastándose desde por la mañana hasta por la noche para asegurar el buen funcionamiento de aquella enorme mecánica cuyos rodajes rechinaban, próximos a estallar; y ella le correspondió con su agradecimiento, incluso le admiró. El Universal, en efecto, no tiraba adelante como él había esperado que ocurriese, pues tenía en su contra la sorda hostilidad de la alta banca: corrían rumores nefastos, renacían obstáculos, inmovilizando el capital y no permitiendo que se desarrollasen las grandes tentativas fructuosas. Por esto había llegado a hacer una virtud de aquella lentitud de marcha a que se le tenía constreñido, avanzando sólo paso a paso, sobre terreno sólido, al acecho a las barrancas, demasiado ocupado en evitar una caída para osar lanzarse por los azares del juego. Se veía compelido a roer su propia impaciencia, pataleando lo mismo que un animal de carreras, forzado a seguir un ligero trote de paseo; pero jamás los comienzos de una casa de crédito resultaron ser más honorables ni más correctos; y en la Bolsa se hablaba de ello con asombro.