El dinero

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Se tomó la decisión de que en agosto tendría lugar una asamblea general para votar el nuevo aumento de capital. Hamelin, que debía presidirla, desembarcó en Marsella, en los primeros días de julio. Desde hacía dos meses, y a cada una de sus cartas, la hermana le aconsejaba que volviese, de modo más o menos apremiante. En medio del brutal éxito que cada día manifestaba con mayor vigor, ella tenía la sensación de un sordo peligro, un temor desde luego irracional, del que ni siquiera osaba hablar; y prefería que su hermano estuviese allí, para darse cuenta de las cosas por sí mismo; había llegado a dudar de su propia persona en tal forma, que temía sentirse sin fuerzas para oponerse a Saccard, dejarse cegar por él hasta el extremo de traicionar a ese hermano al que tanto amaba. ¿No habría sido preciso confesarle el nexo que la ligaba a Saccard, que desde luego no sospechaba el hermano dada su ingenuidad de hombre de fe y de ciencia, que pasaba por la vida como soñador despierto? Esta idea le resultaba sumamente penosa; y se dejaba arrastrar hacia el terreno de cobardes capitulaciones, permitiéndose discutir con el deber, que bien claramente le ordenaba, ahora que conocía a Saccard y su pasado, contarlo todo para que se desconfiara de él. En sus horas valerosas, se hacía la promesa de tener una explicación decisiva, de no abandonar sin control alguno el manejo de tan considerables sumas de dinero en manos criminales, que ya con anterioridad habían sabido dar cuenta, para estrujarlos y hundirlos, de tantos y tantos millones; aplastando a la gente confiada. Éste era el solo partido a tomar, viril y honesto, digno de ella. Luego, su lucidez se turbaba, empezaba a sentirse débil, contemporizaba consigo misma, ya no encontraba, como posibles grietas, otra cosa que simples irregularidades, comunes a todas las casas de crédito, según palabras del propio Saccard. Quizás él tenía razón al decirle, riéndose, que el monstruo al que ella temía, era precisamente el éxito, ese éxito de París que retumba como el trueno, y que la dejaba temblorosa, lo mismo que ante lo imprevisto y la angustia de una catástrofe. Nada más sabía, e incluso había horas en que ella le admiraba sobremanera, llena de aquella infinita ternura que le dispensaba, a pesar de haber dejado de amarle. Jamás habría supuesto que su corazón fuese tan complicado; se sentía mujer, lamentaba no poder actuar. Y es por ello que se sintió tan contenta con el regreso de su hermano.


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