El dinero
El dinero A partir de la noche en que volvió Hamelin, y en la sala de diseños, donde estaban seguros de no ser molestados, quiso Saccard poner en su conocimiento las resoluciones que serían sometidas a la aprobación del consejo de administración, antes de ser votadas por la junta general. Pero el hermano y la hermana adelantaron la hora de la cita, a virtud de tácito acuerdo y encontrándose solos por unos momentos, pudieron charlar. Hamelin volvía muy contento, entusiasmado de haber conseguido encauzar bien el complejo asunto de los ferrocarriles en aquel país de Oriente, tan adormecido por la indolencia, tan obstruido por un cúmulo de obstáculos, políticos, administrativos y financieros. En fin, el éxito era completo, los primeros trabajos iban a ser comenzados, en todas partes se montarían talleres, tan pronto como la sociedad hubiera acabado de constituirse en París. Y, tan entusiasta se mostraba, tan confiado en el futuro, que aquella espontánea reacción constituyó para la señora Carolina un nuevo motivo de silencio; hasta tal punto le costaba derrumbar aquel hermoso gozo. Ello no obstante, expuso sus dudas, poniéndole en guardia contra la excesiva admiración de que estaba poseído el público. Mirándole entonces a la cara, él la detuvo: ¿había sabido de alguna sucia maniobra?, ¿por qué no le hablaba claro? No llegó a hablar sin embargo; no encontraba a mano nada limpio que articular.