El dinero
El dinero Saccard acababa de hacerse con todos los miembros del consejo; la mayor parte de ellos, comprándolos simplemente. Gracias a él, el marqués de Bohain, comprometido en una historia sucia que rozaba la estafa, sorprendido con las manos en la masa, había podido ahogar el escándalo, haciendo que se desentendiera del asunto la compañía robada; y así es como llegó a convertirse en su humilde hechura, sin dejar de llevar la cabeza alta, flor de nobleza, el más hermoso ornamento del consejo. También Huret, desde que le echara Rougon, después del robo del despacho anunciando la cesión de Venecia, se había entregado por entero a la suerte del Universal, representándolo en el Cuerpo legislativo, pescando por cuenta del mismo en las cenagosas aguas de la política, guardando para sí la mayor parte de sus vergonzosos chalaneos que cualquier buena mañana podían lanzarle muy bien a Mazas. Y el vizconde de Robin-Chagot, el vicepresidente, percibía una prima secreta por firmar sin previo examen de los documentos durante las largas ausencias de Hamelin. Y el banquero Kolb se hacía igualmente pagar su pasiva complacencia, utilizando en el extranjero la potencia de la casa, que llegaba incluso a comprometer en sus arbitrajes; y el mismo Sédille, el tratante de sedas, desquiciado como consecuencia de una terrible liquidación, consiguió que le prestaran una gruesa suma que no había podido devolver. Sólo Daigremont conservaba su absoluta independencia frente a Saccard; lo que no dejaba a veces de inquietar a este último, aunque el amable hombre siguiera, tan encantador como siempre, invitándole a sus fiestas, firmándolo también todo sin hacer por su parte observación alguna, con su especial gracejo de parisién escéptico que encuentra que todo marcha bien, mientras gana.