El dinero

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Todos le rodeaban, le festejaron, hasta el propio Saccard, como si aún no le hubiera visto; y, al abrirse la sesión, cuando hubo empezado la lectura de la ponencia que tenía que presentar a la junta general, los asistentes estuvieron a la escucha, cosa que no sucedía jamás. Los magníficos resultados conseguidos, las sólidas promesas para el futuro, el ingenioso sistema de aumento de capital que liberaba al propio tiempo los títulos antiguos, todo fue acogido con movimientos de cabeza expresivos de admiración. Y ni siquiera uno de los presentes tuvo la ocurrencia de provocar explicaciones. Aquello era perfecto. Habiendo constatado Sédille la existencia de error en una cifra, se convino asimismo en no insertar su observación en el acta, para no alterar con ella la preciosa unanimidad de los miembros, que puestos en fila, fueron firmando rápidamente todos ellos, llenos de entusiasmo, sin hacer observación alguna.

La sesión se había levantado ya, y, de pie, continuaban las risas, bromeando, en medio de los centelleantes dorados de la sala. El marqués de Bohain explicaba una partida de caza en Fontainebleau; mientras que el diputado Huret, que estuvo en Roma, contaba cómo había vuelto con la bendición papal. Kolb acababa de desaparecer, corriendo a una cita. Y los demás administradores, los comparsas, recibían órdenes en voz baja de Saccard, respecto de la actitud que debían tomar en la próxima junta.


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