El dinero
El dinero —¡Cómo!, ¿que tiene motivo para vender?
—Indudablemente, mi propio hermano se lo previno: los cambios, a partir de dos mil, son absolutamente locos.
Fuera de sÃ, mirándola fijamente, estalló él entonces:
—Venda, pues, atrévase usted misma a vender… SÃ, juegue contra mÃ, puesto que quiere mi derrota.
Sonrojóse ella ligeramente, pues, la vÃspera precisamente, habÃa vendido mil de sus acciones, obedeciendo órdenes de su hermano; tranquilizada ella misma, con motivo de aquella venta, como quien realiza un acto tardÃo de honradez. Pero, puesto que no la preguntaba directamente, decidió no hacerle la confesión; tanto más molesta, dado que inmediatamente añadió él:
—Asà es que, ayer, hubo defecciones; estoy seguro de ello. Llegó al mercado todo un paquete de valores; los cambios hubieran desde luego cedido, si no llego a intervenir yo… Y no es precisamente Gundermann el que atiza esos golpes. Utiliza un método más lento, más aplastante a la larga… ¡Ah!, querida mÃa, me siento completamente seguro, pero tiemblo de todos modos, pues aunque nada signifique defender uno su propia vida, lo peor del caso es defender su dinero y el de los otros.