El dinero
El dinero En efecto, a partir de aquel momento, Saccard dejó de pertenecerse a sí mismo. Fue el hombre de los millones que ganaba triunfante, y que sin cesar estaba a punto de ser derrotado. Ni siquiera encontraba tiempo libre para ver a la baronesa de Sandorff en el pisito bajo de la calle Caumartin. La verdad sea dicha, aquella mujer había llegado a cansarle por la mentira que representaba la pasión de sus ojos, aquella frialdad que sus perversos manejos no lograban caldear. Le había ocurrido además un percance, el mismo que, por su parte, había hecho sufrir a Delcambre: una noche, esta vez por necedad de la doncella, había entrado en la alcoba en el momento en que la baronesa se encontraba en brazos de Sabatani. En la subsiguiente y tormentosa explicación, Saccard no había llegado a calmarse más que después de una completa confesión, consistente en una simple curiosidad sentida por ella, culpable sin duda, pero explicable en el fondo. Todas las mujeres hablaban del tal Sabatani como de un fenómeno, se cuchicheaba de tal modo respecto del voluminoso tamaño de aquello, que no pudo resistirse a la tentación de verlo. Y Saccard acabó perdonándola, cuando, a una pregunta brutal suya, ella le contestó que, ¡por Dios!, después de todo, aquello no era como para asombrarse ni mucho menos. Apenas si la veía más que una vez por semana; y no porque le guardase rencor, sino simplemente porque le aburría.