El dinero
El dinero Esbozó ella entonces un gesto, que no hizo más que confirmar lo que ya habÃa adivinado: el fin de un enlace por cansancio mutuo, la mujer fastidiosa, el amante, enfriado de por sÃ, no dispuesto ya a soltar prenda. Lamentó por unos instantes, no haber jugado el papel de hombre bien informado, para cobrarse en fin, como él mismo decÃa, en aquella pequeña Ladricourt cuyo padre le recibiera a puntapiés. Pero presentÃa que su hora no habÃa llegado aún; y seguÃa mirándola, mientras reflexionaba en voz alta.
—SÃ, resulta enojoso; yo que habÃa pensado en usted. Porque, ¿no le parece?, si tiene que ocurrir alguna catástrofe, habrÃa que estar prevenido, para poder dar marcha atrás… ¡Oh!, no creo sin embargo que la cosa apremie; la situación todavÃa parece sólida. Sólo que, se observan cosas tan extrañas…
A medida que se expresaba asÃ, sin dejar de mirarla, todo un plan germinaba en su cerebro.
—Escúcheme —añadió bruscamente—, puesto que Saccard la abandona, deberÃa usted ponerse a bien con Gundermann.
Ella quedó sorprendida por unos momentos.
—Y, ¿por qué Gundermann?… Le conozco algo, tuve ocasión de hablarle en casa de los de Roiville y en casa de los Keller.