El dinero
El dinero —¿Qué?, ¿no le parece?, vayamos unidos… Nos prevendremos mutuamente, nos comunicaremos todo cuanto sepamos.
Y como en un momento dado, él la cogiera la mano, ella la retiró con movimiento instintivo, imaginándose otra cosa.
—No, está usted en un error, ni siquiera se me ocurrió pensar en ello, puesto que somos camaradas… Más adelante, usted es la que sabrá recompensarme.
Riéndose, la baronesa le abandonó su mano, que él besó. Ya no le despreciaba; olvidando lo bellaco que habÃa sido, sin verle desde entonces en el ambiente de crápula donde llegara a caer, su rostro ajado, con su hermosa barba que envenenaba el ajenjo, su levita nueva salpicada de manchas, su reluciente sombrero lleno de rasguños producidos por el roce con el yeso de cualquier inmunda escalera.