El dinero
El dinero Al dÃa siguiente la baronesa de Sandorff se trasladaba a casa de Gundermann. Éste, en cuanto los tÃtulos del Universal alcanzaron el cambio de dos mil francos, llevaba a cabo toda una campaña a la baja, con la mayor discreción, sin aparecer jamás por la Bolsa ni tener allà siquiera representante oficial alguno. Su razonamiento le llevaba a considerar que, una acción, empieza por valer su precio de emisión después del interés que la misma pueda reportar, y que depende, naturalmente, de la prosperidad de la casa, asà como del éxito de sus empresas. Existe pues un valor máximo que razonablemente no debe rebasar; y, desde el momento en que lo rebasa, como consecuencia de una excesiva admiración por parte del público, el alza es ficticia, y la prudencia aconseja situarse a la baja, con la certidumbre de que acabará produciéndose. Debido, pues, a esta convicción que le llevaba a creer en la lógica de un modo rotundo, no dejaba de estar sorprendido por las rápidas conquistas de Saccard, por aquella potencia tan pronto surgida, de la que la banca judÃa empezaba a asustarse. ConvenÃa abatir lo más pronto posible, a tan peligroso rival, no sólo para recuperar los ocho millones perdidos al dÃa siguiente de Sadowa, sino, sobre todo, para no tener que compartir la soberanÃa del mercado con aquel terrible aventurero, cuyas temeridades parecÃan tener éxito, contra todo lo que pudiera indicar el sentido común, como por milagro. Y Gundermann, lleno de desprecio para con el apasionamiento, exageraba aún su flema de jugador matemático, con la frÃa obstinación del hombre de números, vendiendo siempre a pesar de la continuidad del alza, perdiendo en cada liquidación sumas cada vez más considerables, con la sosegada seguridad del hombre prudente que se limita simplemente a colocar su dinero en la caja de ahorros.