El dinero

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Cuando la baronesa pudo entrar por fin, en medio del ajetreo de empleados y corredores existente, de la granizada de documentos a firmar y despachos que leer, encontró al banquero con un catarro terrible que le arrancaba la garganta. Estaba allí sin embargo, desde las seis de la mañana, tosiendo y escupiendo, rendido de fatiga, entero a pesar de todo. Aquel día, en vísperas de ser lanzado un empréstito extranjero, la amplia sala hallábase invadida por una oleada de visitantes, más acuciosa aún que los demás días, que recibían de prisa y corriendo dos de sus hijos y uno de los yernos; en tanto que, por el suelo, al lado de la reducida mesa que había reservado para sí mismo en el fondo, en el dintel de la ventana, dos niñitas y un chiquito, se disputaban con agudos chillidos una muñeca a la que ya habían arrancado un brazo y una pierna.

Inmediatamente, la baronesa expuso su pretexto.

—Señor, he querido arrostrar en persona la audacia de mi importunidad… Es para una rifa de beneficencia…

No la dejó acabar, era un hombre extremadamente caritativo, y aceptaba siempre dos billetes, sobre todo cuando las propias señoras conocidas por él en fiestas o recepciones, se tomaban la molestia de llevárselos personalmente.


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