El dinero
El dinero Seguía acercándosele, envolviéndole con su tibio aliento, con el fino y potente olor que exhalaba todo su ser. Pero él seguía tan tranquilo, sin retroceder siquiera, con la carne como muerta, sin ningún incentivo que reprimir. Mientras hablaba ella, Gundermann, cuyo estómago estaba igualmente echado a perder y que sólo toleraba la leche, iba cogiendo, uno a uno, de un frutero que había encima de la mesa, granos de uva que se comía con gesto maquinal; único desenfreno que se permitía a veces, en sus momentos agudos de sensualidad, expuesto a pagar el exceso con largos días de sufrimiento.
Rióse Gundermann socarronamente, como hombre que se sabe invencible, cuando, en un momento dado, la baronesa, con gesto distraído y siguiendo en su ardiente súplica, le puso por fin su tentadora manita sobre la rodilla, manejando hábilmente sus dedos devoradores, sueltos y flexibles cual culebras. Cogió él entonces dulcemente aquella mano y la apartó de sí, al tiempo que le daba las gracias con un signo de cabeza, lo mismo que suele hacerse con un regalo inútil que se rechaza. Y, sin perder más su tiempo, yendo derecho al bulto exclamó: