El dinero
El dinero —Vamos a ver, me resulta usted extremadamente amable y quisiera por mi parte complacerla… Hermosa amiga mÃa, el dÃa en que se vea capaz de traerme un buen consejo, me comprometo desde ahora a compensárselo con otro. Venga a decirme lo que se hace, y yo le diré entonces lo que me propongo hacer… Trato hecho, ¿no le parece?
Gundermann se habÃa levantado, y ella hubo de seguirle hasta la espaciosa sala vecina adonde la acompañó. HabÃa comprendido perfectamente el trato que él le habÃa propuesto: el espionaje, la traición. No quiso sin embargo darle una inmediata respuesta, y simuló para ello interesarse de nuevo en su rifa de beneficencia; mientras él, con su movimiento de cabeza burlesco, parecÃa añadir a sus corteses palabras, que él por su parte, ninguna necesidad tenÃa de ser ayudado, que el desenlace lógico, fatal, llegarÃa en todo caso, aunque quizás algo más tarde. Y cuando la baronesa hubo al fin partido, ya estaba él ocupado de nuevo en otros asuntos, en el extraordinario tumulto de aquel mercado de capitales, en medio de un continuo desfile de gentes relacionadas con la Bolsa, de la galopada de sus empleados, de los juegos de sus nietos que acababan de arrancar la cabeza de la muñeca, con gritos de triunfo. Se habÃa sentado a su estrecha mesa, y quedó como sumido en el estudio de una súbita idea, cesando de oÃr automáticamente cuanto ocurrÃa a su alrededor.