El dinero

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En dos ocasiones, la baronesa de Sandorff volvió por la redacción de La Esperanza, para dar cuenta a Jantrou de su gestión, aunque sin haberle encontrado. Por fin, la introdujo Dejoie, un día en que su hija Natalia conversaba con la señora Jordan, sentadas ambas en una banqueta del corredor. Caía desde la víspera una lluvia diluviana; y, debido a ese tiempo húmedo y gris, el entresuelo del viejo hotel, en el fondo del oscurecido sumidero del patio, resultaba de una melancolía espantosa. Ardía el gas con una media luz cenagosa. Marcela, que, al acecho, esperaba a Jordan para poder hacer a Busch una nueva entrega a cuenta, escuchaba con aire triste a Natalia, charlando como una cotorra vanidosa, con su voz seca y agudos gestos de muchachuela de París crecida demasiado pronto.

—Compréndalo, señora, papá no quiere vender… Hay alguien que le impulsa a vender, tratando de infundirle miedo. No quiero decir de quién se trata, porque su misión, desde luego, no es precisamente la de asustar a la gente… Soy yo, ahora, quien impide que papá venda… ¡Menuda tontería vender, cuando la cosa sigue subiendo! Precisaría ser necio del todo, ¿no es eso?

—¡Por supuesto! —respondió simplemente Marcela.


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