El dinero
El dinero Su coche, que esperaba fuera, le llevó en dos minutos a la calle Feydeau, en el centro de aquel encenagado París, por entre los vaivenes de paraguas y las salpicaduras de los charcos. Pero, una vez en la puerta del piso, vieja, despintada y en la que aparecía un letrero diciendo: «Contencioso», hubo de hacer sonar la campanilla repetidas veces; nadie se movía en su interior. Y, vivamente contrariado, se retiraba ya, cuando tuvo la ocurrencia de golpear violentamente con el puño. Oyéronse entonces pasos rezagados y apareció Segismundo.
—¡Vaya!, ¿de modo que es usted?… Creí que se trataba de mi hermano que subía de nuevo por haber olvidado la llave. Yo jamás atiendo a los toques de campanilla… ¡Oh!, no tardará en volver, puede usted esperar si quiere verle.
Con el mismo penoso y vacilante paso, se volvió, seguido del visitante, al cuarto que ocupaba, sobre la plaza de la Bolsa. Por aquellas alturas, aún era de día, pese a la bruma que, debido a la lluvia, seguía cubriendo el fondo de las calles. La pieza era de una fría desnudez, con su estrecha cama de hierro, su mesa, sus dos sillas y algunos estantes cargados de libros, sin un solo mueble. Delante de la chimenea, una pequeña estufa, mal atendida, dejada en olvido, acababa de apagarse.
—Siéntese, señor. Mi hermano me ha dicho que no hacía más que bajar un momento para volver en seguida.