El dinero

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Pero Saccard, sin dejar de mirarle, rehusaba la silla, impresionado por los progresos que la tisis había hecho en aquel muchacho alto y pálido, con ojos de criatura, unos ojos plagados de sueños, peculiares bajo la enérgica obstinación de su frente. Entre los largos bucles de sus cabellos, su cara aparecía extraordinariamente hundida, como alargada y en camino hacia la tumba.

—¿Ha estado usted enfermo? —se le ocurrió preguntarle, no sabiendo qué decir.

Segismundo esbozó un gesto de completa indiferencia.

—¡Oh!, como siempre. Esta última semana no lo pasé muy bien debido a este asqueroso tiempo. Voy tirando, sin embargo… Puede decirse que no duermo, apenas si puedo trabajar, y tengo algo de fiebre, cuyo calor me agobia… ¡Ah!, ¡es tanto lo que habría que hacer!

Volvió a situarse ante su mesa, en la que podía verse un libro de gran tamaño, abierto y escrito en alemán. Y siguió diciendo:

—Ruego me perdone el que me siente; me pasé en vela toda la noche, para poder leer esta obra que recibí ayer. ¡Una auténtica obra!, ¡sí!, diez años de la vida de mi maestro, Karl Marx; ¡el estudio que desde hace tanto tiempo nos tenía prometido sobre el capital!… ¡He aquí nuestra Biblia, ahí la tiene!


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