El dinero
El dinero Encontrábase allí la señora Méchain, sentada en la única silla disponible. Ella y Busch, venían a hacer en la vecindad una visita importante cuyo pleno éxito les tenía encantados. Tratábase en fin, después de una espera inacabable, de la feliz puesta en marcha de uno de los negocios que más les afectaba al corazón. Durante tres años, la Méchain había trotado por esas calles de Dios para dar con Léonie Cron, aquella muchacha seducida a quien el conde de Beauvilliers había firmado un reconocimiento de deuda de diez mil francos, pagadero el día en que alcanzase la mayoría de edad. Fue en vano que se dirigiera a su primo Fayeux, el recaudador de renta de Vendôme, que había comprado por cuenta de Busch aquel documento, como parte integrante de un lote de viejos créditos procedentes de la sucesión del señor Charpier, comerciante en granos y eventual usurero: Fayeux nada sabía, y escribía únicamente que la muchacha Léonie Cron debía estar sirviendo en casa de un ujier de la administración de justicia, en París; que había salido de Vendôme hacía más de diez años, por donde no había vuelto, y donde no resultaba además posible interrogar a ningún pariente por haber muerto todos ellos. La Méchain había acabado descubriendo el paradero del alguacil, y, partiendo de esa pista, había indagado sucesivamente en casa de un carnicero, de una mujer galante, de un dentista; pero, a partir del dentista, el hilo se rompía de repente y se acababa la pista; una aguja en un pajar, una muchacha caída, perdida en el fango del gran París. Sin resultado, la Méchain había recorrido las oficinas de colocación visitado los albergues más sórdidos, escudriñado los ambientes de mayor libertinaje, siempre al acecho, interrogando por doquier en cuanto el nombre de Léonie llegaba a sus oídos. Y aquella muchacha en cuya búsqueda tan lejos había ido, mira por donde, aquel mismo día, por mera casualidad, había podido ponerle la mano encima, en la calle Feydeau, en una casa de lenocinio de la vecindad, donde acosaba a una antigua inquilina del suburbio de Nápoles, que le debía tres francos. Un golpe instintivo de inspiración la llevó a olfatear y reconocerla bajo el distinguido nombre de Léonide en el momento en que la dueña del antro la llamaba al salón con penetrante voz. Advertido que fue, Busch volvió en seguida con ella a la casa, para tratar del asunto; y aquella gruesa muchacha, de recios cabellos negros que le caían sobre las cejas, de cara achatada y fofa e inmunda bajeza, había empezado por sorprenderle; luego se había dado cuenta de su especial encanto, antes sobre todo de sus diez años de prostitución, satisfecho no obstante de que hubiera caído tan bajo y en forma tan abominable. Le había ofrecido mil francos si cedía sus derechos sobre el reconocimiento de deuda. La joven era de lo más tonto y había aceptado el trato con infantil regocijo. ¡Por fin, pues, iban a poder acosar a la condesa de Beauvilliers, contaban para ello con el arma buscada e inesperadamente hallada en aquel antro de fealdad y de vergüenza!