El dinero

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—Le esperaba, señor Saccard. Tenemos que hablar… Recibió usted mi carta, ¿no es eso?

En la reducida pieza, abarrotada de legajos, sumida ya en la oscuridad y que una mezquina lámpara alumbraba con luz humeante, la Méchain, quieta y silenciosa, no se movía para nada de la única silla allí existente. Y, siempre de pie, no queriendo en absoluto dar la impresión de que acudiera bajo el signo de una amenaza, Saccard abordó en seguida el asunto Jordan, con voz dura y despreciativa.

—Perdón, he subido para pagar la deuda de uno de mis redactores… El pequeño Jordan, un muchacho encantador a quien usted persigue sin tregua, con una ferocidad realmente indignante. Parece ser que esta mañana se comportó usted con su esposa de una forma capaz de hacer sonrojar a cualquier hombre galante.

Sobrecogido al verse atacado de aquella manera, cuando se disponía a tomar la ofensiva, Busch perdió la serenidad, olvidando la otra historia y mostrándose irritado con motivo de ésta.



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