El dinero

El dinero

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—¿Doscientos francos?, ¡jamás de la vida!… La cuenta pendiente es de trescientos francos con quince céntimos. Y conste que quiero también los céntimos.

Pero, sin desequilibrar su voz, con la tranquila seguridad del hombre que conoce la fuerza del dinero, puesto de manifiesto, exhibido, Saccard se limitó a repetir por dos o tres veces:

—Voy a darle doscientos francos…

Y el judío, convencido en el fondo de que era razonable transigir, acabó por acceder con un grito de rabia y lágrimas en los ojos.

—Soy demasiado débil. ¡Qué mal oficio resulta éste!… ¡Palabra de honor!, se me despoja, se me roba… ¡Ande!, aprovechando que está aquí, no le importe, coja otros, ¡sí!, escudriñe en el montón, ¡aproveche sus doscientos francos!

Luego, cuando Busch hubo firmado un recibo y escrito unas líneas para el alguacil, pues el expediente no lo tenía en casa, se puso a dar resoplidos ante su mesa de despacho, aturdido de tal forma, que habría dejado marchar a Saccard, de no haber sido por la Méchain, que hasta entonces no había hecho un gesto ni pronunciado una sola palabra.

—¿Y del asunto aquel? —dijo ella entonces.


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