El dinero

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Estupefacto a su vez, Busch pensaba en el mucho tiempo que estuvo vacilando, en los infinitos cuidados que se tomaba la señora Carolina y el recelo que tenía en revelar a su padre la existencia de Víctor. Y, desconcertado, se lanzó a dar las explicaciones más violentas y complicadas, soltándolo todo a la vez, lo de los seis mil francos prestados en dinero y gastos de manutención que reclamaba la Méchain, los dos mil francos entregados a cuenta por la señora Carolina, los espantosos instintos de Víctor, su ingreso en la Obra del Trabajo. Mientras tanto Saccard, a cada nuevo detalle que iba añadiendo, sufría un sobresalto. ¡Cómo!, ¡seis mil francos!, ¿quién le aseguraba que, por el contrario, no se había despojado al chiquillo? ¡Una entrega a cuenta de dos mil francos!, ¡eso significaba más bien un robo, un abuso de confianza! Ese pequeño, ¡pardiez!, había sido mal educado, y aún se tenía la pretensión de que pagase a quienes fueron los responsables de semejante mala educación. ¿Le tomaban acaso por un imbécil?

—¡Ni un solo céntimo! —exclamó—, ¡entiéndalo bien, no cuenten con sacar una sola moneda de mi bolsillo!

Busch, extremadamente pálido, se había puesto de pie ante su mesa.

—Eso ya lo veremos, llegado el momento. Formularé contra usted una reclamación judicial.


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