El dinero

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—No siga diciendo tonterías. Sabe usted perfectamente que la justicia no se entromete en esta clase de asuntos… Y si lo que espera es amedrentarme y hacerme cantar, la cosa todavía resulta más estúpida, porque a mí, tanto se me da todo. ¡Un hijo!, ¡pero, si les estoy diciendo que eso me halaga!

Y, como la Méchain obstruyese la puerta, Saccard se vio precisado a darla un empellón y a saltar por encima de ella para poder salir. La mujer no podía con su sofoco; salió precipitadamente a la escalera y, desde el mismo rellano, le soltó con su voz de flauta:

—¡Canalla!, ¡desalmado!

—¡Sabrá usted de nosotros! —vociferó a su vez Busch, cerrando violentamente la puerta.

Era tal el estado de excitación en que se hallaba Saccard, que dio la orden a su cochero de que regresara directamente a la calle de Saint-Lazare. Sentía prisa por ver a la señora Carolina; por eso, en cuanto pudo abordarla, la regañó sin rodeos por haber dado los dos mil francos.

—Debo decirle, querida, que jamás se suelta el dinero en semejante forma… ¿Por qué diablos obró usted sin consultarme?


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