El dinero

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Ella por su parte, sobrecogida por la idea de que Saccard hubiera por fin conocido la historia, permanecía muda. Había reconocido la letra de Busch en aquel sobre que viera, y nada le quedaba ahora que ocultar, puesto que otro ser humano la había relevado en el penoso trabajo de la confidencia. Continuaba sin embargo vacilando, confusa ante la actitud de aquel hombre que la interrogaba con tanta soltura.

—Lo único que quise fue evitarle un pesar… ¡Era tal el estado de degradación moral en que se encontraba esa desgraciada criatura!… Hace ya mucho tiempo que se lo hubiera contado todo, de no haber sido por un sentimiento…

—¿Qué sentimiento?… Le confieso que no comprendo en absoluto.

No trató de explicarse ni de buscar más excusas, embargada como estaba de una tristeza, de una lasitud total, ella tan animosa siempre en su afán de vida. Mientras tanto y por lo que a él se refiere, seguía exclamando, encantado, realmente rejuvenecido.

—¡Pobre chiquillo!, le amaré mucho, se lo aseguro… Hizo usted divinamente ingresándole en la Obra del Trabajo, para desasnarlo un poco. Pero, vamos a sacarle de allí; le pondremos profesores… Iré a verlo mañana, ¡sí!, mañana mismo, si no estoy muy atareado.


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