El dinero
El dinero Al día siguiente, hubo consejo; pasaron dos días, y después la semana, sin que Saccard encontrase un minuto libre. Todavía habló del niño con alguna frecuencia, aplazando siempre su visita, cediendo al desbordamiento de la corriente que le arrastraba consigo. En los primeros días de diciembre, el cambio de dos mil setecientos francos acababa de ser alcanzado, en medio de la extraordinaria fiebre cuyo acceso enfermizo continuaba trastornando la Bolsa. Lo peor del caso era que las noticias alarmantes habían ido multiplicándose, que el alza seguía a un ritmo rabioso, presa de una enfermedad progresiva, intolerable: ya por entonces se pronosticaba en voz alta la catástrofe como algo fatal, y se subía no obstante, se subía sin cesar, por la fuerza obstinada de uno de esos prodigiosos apasionamientos que rehusaban la propia evidencia. Saccard ya no vivía más que en ese ambiente de exagerada ficción que entrañaba su triunfo, rodeado como por un nimbo de gloria por aquel aguacero de oro que él mismo hacía llover sobre París, con buen olfato sin embargo para tener la sensación de estar pisando un suelo minado, agrietado, que amenazaba hundirse debajo de sí. Por ello, aunque con motivo de cada liquidación quedase victorioso, seguía incólume su cólera contra los bajistas, cuyas pérdidas debían ser espantosas. ¿Qué impulsaba a aquellos puercos judíos, para encarnizarse de ese modo? ¿No iba a acabar destruyéndolos? Y se exasperaba sobre todo por lo que decía olerse, en el sentido de que, al lado de Gundermann y haciendo su juego, había otros vendedores, quizás soldados del Universal, traidores que se pasaban al enemigo, vacilantes en su fe y con prisas por realizar.