El dinero
El dinero Y, en aquel supremo instante, cuando ya en la cima sintió temblar la tierra, con la inconfesada angustia de una vertiginosa caída, Saccard se sintió rey. Cuando su coche llegaba a la calle de Londres, ante el triunfal palacio del Universal, un lacayo descendía a toda prisa, para extender una alfombra, que desde los escalones del vestíbulo atravesaba la acera hasta alcanzar el mismo arroyo; y Saccard consentía entonces orgullosamente en abandonar el coche y hacía su entrada como verdadero soberano a quien se estima con demasiada dignidad para hollar el común pavimento de las calles.