El dinero
El dinero Aquel fin de año, día de la liquidación de diciembre, la gran sala de la Bolsa estuvo llena a rebosar desde las doce y media, en una extraordinaria agitación de voces y ademanes. Por otra parte, desde hacía algunas semanas, la efervescencia iba en aumento, llegando a constituir en aquella última jornada de lucha, un barullo febril donde retumbaba ya la decisiva batalla que se iba a librar. Fuera, helaba de firme; pero un claro sol de invierno penetraba en su interior a través de las altas vidrieras y en forma de rayo oblicuo, alegrando todo un sector de la desnuda sala, de severos pilares y bóveda triste, que aún helaban más las grisáceas pinturas alegóricas; mientras los caloríferos, todos a lo largo de las arcadas, exhalaban un tibio aliento, por entre la acentuada corriente de aire frío que se filtraba por las enrejadas puertas, que se abrían y cerraban a cada momento.
El bajista Moser, más inquieto y con el rostro más amarillento que de costumbre, topó con el alcista Pillerault, arrogantemente plantado sobre sus espigadas piernas de garza.
—¿Sabe lo que se dice?…
Pero tuvo que elevar el tono de voz para dejarse oír, entre el ruido creciente de las conversaciones, un zumbido, regular, monótono, semejante al clamor producido por aguas desbordadas, discurriendo sin cesar.
