El dinero

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—Pues debo decirle querido, que esta misma tarde acabará a tres mil sesenta… Resultarán derrotados sin remedio; soy yo quien lo dice.

El bajista, fácilmente impresionable con todo, dejó escapar un ligero silbido de desafío. Y se puso a mirar hacia arriba, para resaltar así su falsa tranquilidad de espíritu; permaneció unos momentos como distraído, examinando algunas cabezas de mujer que se inclinaban, allá en lo alto, en la galería del telégrafo, asombradas ante el espectáculo de esta sala donde ellas no podían entrar. Escudos con nombres de ciudades, capiteles y cornisas, formaban a todo lo largo una perspectiva pálida que las filtraciones habían teñido de amarillo.

—¡Toma!, ¡conque es usted! —dijo Moser bajando la cabeza y reconociendo a Salmon, que sonreía ante él con su eterna y profunda sonrisa.

Luego, turbado, viendo en aquella sonrisa una aprobación explícita al punto de vista de Pillerault:

—En fin, si sabe usted algo, dígalo… Mi postura es muy simple. Estoy con Gundermann, porque Gundermann, ¿no le parece?, ha sido y será siempre Gundermann… La cosa termina siempre bien con él.

—Pero —repuso Pillerault en son de burla—, ¿quién le ha dicho que Gundermann está a la baja?


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