El dinero
El dinero De repente, Moser, asustado, abrió desmesuradamente los ojos. Desde hacía mucho tiempo, el chismorreo de la Bolsa daba por seguro que Gundermann no hacía más que estar al acecho y observar los movimientos de Saccard; que fomentaba la baja contra el Universal, en espera de conseguir estrangularlo, cualquier fin de mes, mediante un brusco esfuerzo, cuando estimase llegada la hora de aplastar el mercado bajo el peso de sus millones; y si aquella jornada se anunciaba tan caldeada, era porque todos creían, repetían que la batalla iba por fin a ser entablada aquel mismo día; una de esas batallas sin cuartel en la que uno de los dos ejércitos queda por tierra, destruido. Pero, tratándose de aquel mundo de mentira y de astucia, ¿se podía acaso estar seguro en algún momento? Las cosas aparentemente más ciertas, las más anunciadas con antelación, convertíanse al menor soplo, en motivos de duda plenos de angustia.
—Está negando la propia evidencia —murmuró Moser—. No he visto las órdenes, desde luego, y nada se puede afirmar… ¿Eh, Salmon?, ¿qué nos dice sobre el particular?, Gundermann no puede aflojar, ¡qué diablos!
Y no sabía a qué atenerse ante la silenciosa sonrisa de Salmon, que parecía afinarse con extremada sutileza.