El dinero

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El lunes, en medio de la espantosa aventura sucedida a su hija, después de habérsela traído delirante y mientras la estaba velando con lágrimas en los ojos, la condesa de Beauvilliers ni siquiera se acordaba ya de aquel hombre mal trajeado ni de su cruel historia.

Alicia acababa por fin de dormirse y la madre se había sentado, agotada, desconcertada por aquel encarnizamiento de la suerte, cuando se presentó de nuevo Busch, acompañado esta vez de Léonide.

—Señora, aquí tiene a mi cliente; será preciso que acabemos de una vez.

Al ver aparecer aquella ramera, la condesa se puso a temblar. No la quitaba la vista de encima, vestida de colorines, con su áspera cabellera negra cayéndole sobre las cejas, de cara ancha y fofa; contemplando la bajeza inmunda de toda su persona, ajada por diez años de prostitución. Y se sentía torturada, sangraba su orgullo de mujer, después de tantos años de perdón y de olvido. Pero, ¡Dios mío!, ¿sería posible que el conde la hubiera traicionado con criaturas como aquélla, destinadas a tales caídas?

—Precisa terminar cuanto antes —insistió Busch— porque mi cliente tiene mucho que hacer en la calle Feydeau.

—¿En la calle Feydeau? —repitió la condesa sin acabar de comprender.


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