El dinero

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—Sí, allí es donde está… En fin, habita en una casa.

Medio enajenada, temblándole las manos, la condesa fue a cerrar herméticamente la alcoba, pues sólo uno de los batientes de la puerta estaba entornado. Alicia, en su estado febril, acababa de agitarse bajo las sábanas. ¡Mientras llegara a dormirse, nada viera y nada llegara a oír!

Cuando se acercĂł de nuevo, Busch habĂ­a reemprendido ya su perorata.

—¡Atienda, señora!, ¡compréndalo bien!… La señorita me encargó de su asunto y yo me limito simplemente a representarla. Y ésa es la causa por la que quise que viniera en persona a exponerle su reclamación… Vamos a ver, Léonide, explíquese.

Inquieta, desempeñando a disgusto el papel que se la hacía representar, esta última levantó la mirada y fijó en él sus turbados ojos de perro castigado. Pero, la esperanza de cobrar los mil francos que él la había prometido, acabó de decidirla. Y, con su enronquecida voz, rasgada por el alcohol, al tiempo que él desplegaba de nuevo el famoso reconocimiento de deuda, exclamó la mujeruca:


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